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RESEÑA...
CEREZOS EN FLOR.
por Luna
Una de las mejores y más sentidas películas de esta Sección Oficial. No hagáis caso de lo que se oye por ahí. Sentarse y disfrutar de sus imágenes y sentimientos es dejarse llevar por el mundo interior de esta maravillosa directora que ha logrado captar y actualizar las nuevas demandas del lenguaje audiovisual en un sentido homenaje al genial director Yasujiro Ozu.
Toda la película supone una experiencia personal. Doris Dorrie, su directora y afamada escritora en su país natal, Alemania, también sufrió la desaparición de su marido y también marchó a Tokio donde captó el abrumador paisaje oriental, y entendió la lentitud ceremonial de lo rutinario. Hay muchas entrañas visibles en el film. Tanta sensibilidad que pocos pueden digerirla. No es sólo la historia de la muerte de un ser querido. Es un acto de catarsis después del dolor. Es una lección de aprendizaje interior que cuesta mucho analizar y de la que nos enseña a buscar la esencia de lo que realmente importa.

El clarísimo parecido con “Cuentos de Tokio”, de Yasujiro Ozu, que Doris Dorrie no oculta en absoluto, sitúa la acción dentro de una familia alemana prototipo de lo que puede resultar cualquier familia en cualquier contexto social. Unos hijos que se fueron del nido hace tiempo, esclavos de esta vorágine capitalista y consumista. Nadie tiene tiempo para nadie. Todo está planificado de antemano: Horarios de trabajo, colegio de los niños, pago de hipotecas, … la triste realidad. (Si habéis visto la película de Ozu ya sabéis la historia, aunque permitidme no desgranar nada por si alguien quiere descubrir estas dos maravillas). Hasta aquí la primera parte cuya acción y lenguaje audiovisual se desarrolla fiel a los cánones y normas actuales. (Movimientos de cámara que dotan de frescura a los personajes y nos ayudan a integrarnos en la historia, fotografía realista y diálogos costumbristas que explican perfectamente la sociedad occidental).
 La segunda parte comienza a susurrarnos que hay algo más en esta aparentemente simple historia. La muerte aparece por sorpresa, (gran logro de la directora en no recrearlo demasiado). Es a partir de aquí cuando los vivos tienen que enfrentarse al futuro y por tanto este es el momento en el que se nos debe mostrar la soledad del padre, marido, abuelo y ante todo amante y compañero. Es cuando el ser humano reflexiona sobre el pasado compartido y aparecen los remordimientos sobre lo que no se ha llegado a vivir, lo que se ha olvidado decir, o lo que nunca tendría que haber sido. Esa soledad que te acusa de frente y sin piedad, que te deja sin aire por un momento y te obliga a respirar más fuerte para seguir adelante en tu ya incompleto camino. Todos estos sentimientos salen a flor de piel en cada uno de los planos, y como dije antes la experiencia vital de la directora logra enfrentarnos a esa realidad. Aquí comienza el maravilloso trabajo del gran actor ELMAR WEPPER si es que no nos deleitó antes con su hieratismo interpretando a la perfección al típico marido aburrido, rutinario, un tanto mandón y algo egocéntrico (¿No lo son todos con el paso de los años?).

La muerte supone una gran lección a los vivos y es lo que vamos a descubrir en la tercera parte, cuya acción transcurre ya en Tokio y nos llena ya de todo el simbolismo oriental que da el verdadero fondo a la película. Ya casi no existen los diálogos entre personajes. Ahora quienes hablan son los paisajes, la ciudad, el metro, los parques y sobre todo el sentido homenaje que el protagonista rinde a su mujer fallecida a través de sus objetos cotidianos (una rebeca, una falda y un collar).
La danza Butoh, (mezcla de cultura hippie japonesa y danza expresionista alemana), tiene también un gran protagonismo en esta historia, y es que según Doris Dorrie “El Butoh trata de atrapar la luz y la sombra, el nacimiento y la muerte, la conciencia de ser y la interrupción de la existencia. La alegría se convierte en dolor antes de volver a convertirse en alegría. Es el retrato visual de la presencia de los muertos en el interior de cada uno de nosotros”. Perfecta definición de lo que resulta ser el tema principal de la cinta.

La catarsis del personaje nos ha llevado por un camino (físico en su viaje a Japón) que no es otro que la búsqueda del amor perdido por los años de matrimonio y la rutina cotidiana. El protagonista, al final de su viaje, ha vuelto a enamorarse de su mujer fallecida. Por fin ha descubierto el mundo interior de su amada, gracias a las piezas que había tenido siempre frente a él y que sin embargo el tedio del matrimonio las había ocultado. Lo que empezó como un remordimiento por no haber estado nunca en Japón le ha descubierto otra vez el amor, orgullo y veneración que sentía por ella. (El último baile es de una ternura y una generosidad sublimes).
La duración de la película puede resultar en ocasiones (sobre todo en la tercera parte) un tanto larga. Todos los que la hemos visto (que yo conozca) estamos de acuerdo, pero también coincidimos en un punto fundamental. Qué podríamos suprimir? Nada. ¿Podríamos cortar algunos planos demasiado largos? Definitivamente no.

Quizá la mejor respuesta nos la de la propia Doris Dorrie: “Fuimos a mi Japón con un guión, que dejamos abierto a propósito, un pequeño equipo de sólo cinco personas, dos cámaras de vídeo pequeñas y dos actores. La cámara de video amateur se convirtió en mi camuflaje: me convertí en una turista y me limitaba a quedarme quieta y mirar en vez de ir en búsqueda de imágenes para apoderarme de ellas. Ahora, dejar de controlar me parecía más interesante y más "bondadoso" que afirmar el control. Me pareció una forma más acertada de llegar al fondo de las cosas, encontrar cómo funciona la "vida" en realidad. Se trata de hacerlo todo y en todo momento con la máxima entrega, descubrir el universo en las actividades más mundanas; en otras palabras, descubrir la presencia divina incluso en una bayeta para el polvo. Esta filosofía también puede aplicarse a la realización de películas. Trabajar siguiendo ese método fue una experiencia tan maravillosa que me hubiera gustado trabajar así siempre.”

Termino con mi más sincera repulsa al premio como mejor actor para Unax Ugalde por la película “La Buena Nueva”. ELMAR WEPPER se lo merecía de calle y con los ojos cerrados. Cómo se ha notado este año la incorporación de tanto jurado español. Barriendo para casa sin ni siquiera tener comisión en el premio.
LUNA
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