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    SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
                                           - 53 edición -
                                                      del 24 de octubre al 1 de noviembre 2008

 
 

PUNTO DE ENCUENTRO ...

   ÍNTIMOS Y EXTRAÑOS O EL AFFFAIRE SEMINCI.

por Laura Elisa Cebrián

  Escribir sobre Íntimos y Extraños es más que analizar una película de 90 minutos centrada en la singular capacidad del ser humano para sentirse desconectado de los suyos y en sintonía con los desconocidos. De hecho, Íntimos y extraños, de Rubén Alonso, NO es una película.

Antes de continuar, y después del bombazo que acabo de dejar caer, pido calma a los lectores. Sepan que soy vallisoletana, que he sido criada y educada en Valladolid, y que todo mi conocimiento sobre el cine viene de la única actividad de ver películas. Estas líneas que escribo no son más que mi particular opinión. Por ello, soy la única responsable de la rabia o la risa que pueda conseguir mi artículo.

Sin embargo, no me discutirán que hay algo raro cuando una entra en el cine dispuesta a ver una película española -después de años sin hacerlo-, esperando encontrarse con la merecedora del premio del público de la 53 Semana de Cine Internacional de Valladolid, y sale de la proyección con vergüenza ajena... o mejor dicho, con vergüenza propia, dado que “casualmente” el director de la cinta es vallisoletano y en ella han invertido la diputación y el ayuntamiento de Valladolid.

Íntimos y Extraños es mucho más que hablar de una película mal elaborada. Es hablar de un ambicioso proyecto (no olviden, ¡ambicioso!) por promocionar la región castellana, en este caso respaldando sus cineastas noveles. Es preguntarse cuál es la cuantía exacta de la subvención que la Seminci recibe del ayuntamiento y la diputación de Valladolid. Es empezar a organizar una nueva forma de elegir a los premiados para la sección “punto de encuentro” -como el mismo Angulo anunció instantes después de la lectura del ganador del premio del público. Pero, sin lugar a dudas, es la guinda que le faltaba al pastel de desastres que este año han plagado la Seminci de principio a fin.

Seamos claros: si ha ganado el premio del público es porque la han votado. Rumores aparte, pensemos que la gente realmente ha escogido esta película, en un acto puramente casero (por otra parte, muy español). Otra explicación no tiene, dado que es difícil creer que el resto de películas presentadas a concurso en la sección “punto de encuentro” sean de peor factura que “Íntimos y extraños”.


cabecera de Azucena Giganto.

Con todos los recursos de los que ha dispuesto Rubén Alonso, parece que el cineasta no supiera qué camino escoger: diálogos teatrales y/o modernos diálogos de besugos, música constante y/o silencio innecesario, cámara fija y/o cámara en mano, una historia fragmentada y/o fragmentos de historia, situaciones absurdas y/o incoherentes, hacer reír y/o emocionar al público... El dinero que ha permitido llevar adelante este proyecto lo ha mimado demasiado y Alonso se esmera en apabullar (y atolondrar) al espectador sin dejarle tiempo para digerir lo que está pasando. Cuando al final del largometraje se procura dar al conjunto una reflexión, es demasiado tarde y la audiencia, confundida por un guión sin objeto ni dirección, se siente completamente expulsada de toda esa parafernalia intimista.

La película resulta agotadora, plagada de frases y de música pero vacía por completo de contenidos. Los hermanos Alonso parecen desesperados por rellenar los minutos de cinta con palabras o con música de ambiente (adecuada, pero monótona e injustificada). Del encuadre deducimos que los actores no tienen pies y que se hallan en un lugar indeterminado (paradoja en una producción financiada por la diputación y el ayuntamiento. Era de esperar alguna panorámica de la ciudad para darle atractivo turístico). Eso sí, el más y el menos observador reconocen el cartel de la discoteca “Fame” bien grande durante prácticamente toda la segunda historia.

Resulta obvio que en esta amalgama sin forma de guión farragoso el espectador acuda a los actores a fin de que aviven la narración. Pero la correcta actuación de Karra Elejalde resulta incomprensible al lado de la nefasta interpretación de su compañera; las contradicciones en el discurso del personaje de Blanca Lewin no las entiende ni ella; la existencia de la mínima e inconclusa escena de Elejalde con Lluvia Rojo es igualmente incoherente a pesar de su buena interpretación; y la última situación no deja de ser cuanto menos esperpéntica, con el espantoso momento de la confesión de la homosexualidad del personaje interpretado por Pablo Rivero, toda una ofensa - tanto al colectivo gay como al no-gay.

Al final, para el paciente espectador sólo queda un poso de tópicos de todo tipo y un final visualmente atractivo pero completamente mudo, dado que después de una hora y cuarto de película a la deriva, sin alma, Alonso pretende en los últimos momentos darle un aliento vital a costa de una sucesión asfixiante de transcendentales frases.

Así, Íntimos y Extraños resulta un proyecto zombie, un largometraje que nadie sabe cómo ha conseguido sobrevivir a los visionados diarios durante la filmación, ni al montaje, ni a la postproducción, ni al visionado previo a la distribución al público, ni a la selección de las películas a concurso de la Seminci. Pero ahí está, y ahí ha llegado: ganadora del premio del público de la sección “punto de encuentro”.

Y tengo la impresión que hasta aquí ha llegado su travesía. Valladolid ya tiene una película de producción casera premiada en SU festival. Íntimos y Extraños ha conseguido plenamente su objetivo, que no era otro que el de promocionar a un cineasta de la región en su primera película. Ahora sólo nos queda encogernos de hombros y, como en la proyección, esperar a que terminen los créditos y el filme progresivamente regrese al lugar que le corresponde: una mera anécdota en la 53 Seminci de 2008.

LAURA ELISA CEBRIÁN SALÉ

 

 

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