Miguel Fraile Morán                                                        
"exposición pintura"

                                                         del 16 al 30 de abril de 2012

 CENTRO CULTURAL NICOLÁS SALMERÓN
C/Mantuano 51 -MADRID-


"calavera2"- óleo sobre tabla 61x84cm -2011-.

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BAJO LA MÁSCARA LA CALAVERA

Esqueletos y calaveras, muertos descarnados, danzando, guerreando, comiendo o dando de comer a los gusanos, han sido desde muy antiguo motivo pictórico de variadísimos significados: admonición, adoctrinamiento, burla y sarcasmo, celebración macabra, feroz armonía, lúgubre o grotesca premonición. En esta muestra no hay coro ni ejército, ni esqueléticos bailarines. Hay, sobre todo, pintados de uno en uno, esqueletos con traje (de polvo o ceniza, de navegante interestelar) y calaveras enmascaradas. Y cabezas cortadas. El hueso siempre detrás, adentro, tuétano del cuerpo y de la cara, alma hecha jirones. Sólo una excepción: ¡los dientes, los dientes!, guardianes de la entrada en la hoquedad, personas del verbo, máscaras de máscaras.

Perforando apariencias que reemplazan a otras apariencias, capa tras capa en esta complejidad cromática, llegamos a sentir, sabemos de algún modo que estos despojos están calientes. Incandescencia, colores ardientes, magma, chorros de lava y remolinos que succionan con ferocidad centrípeta. Tal vez nos asalta ya una pregunta esencial: ¿cómo es que todo esto tan monstruoso y brutal puede ser disfrutado visualmente?. Creo que no haré mal si huyo de la tentación de perderme en disquisiciones academicistas. Mejor será recurrir a la sabiduría de alguien que ha explorado esta clase de cuestiones vulcanológicas con mucha valentía y lucidez. Dice John Berger, comparando la pintura con otras artes, la música, el teatro, la pintura: "/.../ ¿cómo procede la catarsis en el arte visual, si es que lo hace? /.../ No lo hace. Las pinturas no ofrecen catarsis. Ellas ofrecen otra cosa, similar, pero distinta. ¿Qué?. No lo sé. Por eso deseaba ver el Holbein" (un Cristo muerto pintado en 1552).

Cercana a la purificación, no obstante, a un enriquecimiento sensorial – que también nos empobrece en el sentido más noble, pues nos obliga a desaprender y a despojarnos de muchas ataduras y sombras de nuestro lenguaje instrumental- es la inquietante provocación de estos cuadros que, a través de los ojos que nos miran y miramos, causa una avalancha de sensaciones mezcladas, una gozosa deslocalización de los sentidos: junto al color y las figuras que nos asustan piadosamente, murmullos dulces o estridentes, leves aromas y hedor, rasguños y cicatrices del tierno y violento amor. Todo un surtido de analogías centelleantes que, por fortuna, nos desorientan y extravían. Aunque, allá al fondo asoma el sentido, la coherencia, la proporción. Se aviva el deseo de proseguir y mantenerse alerta: esas cabezas, esos rostros son los nuestros. Miro esa pose e instintivamente me echo un vistazo a mí mismo, miro ese pie y sin darme cuenta he bajado la vista hacia mis zapatos. Estos cuadros excavan muy hondo en la memoria, despiertan remotísimos recuerdos adormecidos. Revelan el vínculo entre lo nuevo, lo todavía no sido y lo más arcaico, la percepción de lo cotidiano como gran misterio y de lo más misterioso como cosa cotidiana... “Moda: ¡Señora muerte! ¡Señora Muerte!” - exclamaba Leopardi.

Correspondencias, reminiscencias. Sagrado y profano. Los cuadros de Miguel nos proporcionan el placer de experimentar una poderosa ligazón con el pasado, con episodios menores, descuidados, borrados de la crónica oficial y la memoria colectiva. Nos invitan a penetrar en ellos escuchando la voz de la derrota, el clamor de los sueños y deseos incumplidos, el eco lejano de todo lo vencido y lo malogrado. Rebotan unas en otras formas expresivas cuyo contenido es ambiguamente prometedor y amenazante. Ira y risa. “La esperanza entre los dientes”.


"calavera en fondo amarillo"- óleo sobre tabla 100x81cm -2011-.

Gracias Miguel por acogernos en esa tribu que abomina de las estrategias de tierra quemada, esas que arrasan espacio y tiempo, borran lindes y blanquean memorias, que ignoran los contextos en que podemos desvelar las condiciones políticas del significado. Hay que destapar esa fosa común sea como sea, pues la esperanza está en el depósito de cadáveres. Mucho necesitamos a cazadores furtivos, como tú, de formas escondidas en un mundo residual, en el subsuelo de lo real, ocultas bajo la ideología, no registradas en eso que se llama ridículamente “opinión pública internacional”. Alegría: por ahí han de estar las reservas de esperanza y los sueños de felicidad.

En este bestiario humano no sólo las cabezas, también las calaveras tienen los ojos bien llenos, a menudo saltones y desorbitados. Siempre miran apremiantes y solicitan piadosa o salvajemente que les devolvamos la mirada. No hemos podido evadirnos y nos llevamos de regalo el latido de una experiencia de religación profana con el misterio que nos hace pensar en la atrofia del sentido operada en el relato convencional de los fenómenos de la desdicha y de la muerte. Cualquier pretensión de acceder al significado de tus cuadros (y de la vida) es inviable huyendo como alma que lleva el diablo de todo lo que nombra el misterio de la muerte. Algo parecido nos dice el “Hombre mosca” con su verbo de fuego que, a la vez, nos espanta y hace que nos retorzamos de risa como niños.

Eduardo Fernández Gijón



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 Miguel Fraile Morán:

Nacido en 1987 en Valladolid y licenciado en Bellas Artes en la Universidad de Salamanca, especialidad en Pintura.

Pintor y Fotógrafo.

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