Puede que a algunos les resulte difícil de entender, pero la familia y la escuela forman un equipo cuya compenetración es clave para el desarrollo de nuestros hijos. Esto requiere una comunicación fluida entre ambos.
Una noticia me ha llamado la atención. En Cataluña hay un 16,6% de abandono escolar prematuro. Este índice en España alcanza el 13,3%. Muy por encima del umbral del 9% de abandono escolar, que la Unión Europea fija como preocupante.
Este porcentaje indica que en Cataluña, una de las regiones más ricas del país, más del 15% de los chicos abandona los estudios antes de los 16 años. No es de estañar que nuestra juventud sea carne de cañón para los riders de Globo y para los trabajos más precarios que hay en el mercado laboral.
En este indicador afecta tanto a las familias como a las escuelas. Las familias por no empeñarse en que sus hijos estudien, y en concienciarles en que la formación es el mejor legado que les pueden dejar. Y las escuelas por no ilusionar a los niños en que sigan estudiando.
El abandono escolar es tan solo un indicador de una de las responsabilidades más importantes que tenemos como sociedad, que es formar a nuestros hijos, a las generaciones futuras. Esta responsabilidad recae no solo en los poderes públicos, también en las escuelas y las familias.
Algunos centros educativos hacen especial hincapié en la relación entre la familia y la escuela. Como Madre de Dios Ikastetxea, un colegio concertado de Bilbao, con más de 75 años de antigüedad, que apuesta por una educación integral de los niños, que incluya la educación emocional, y que el 23 de mayo organizó un encuentro entre familias y escuela, para trabajar la educación compenetrada en ambos ámbitos.
La familia transmite valores.
En última instancia, la familia es la responsable de la educación de los niños. La educación que se da en casa y los valores en los que educan los padres, son los que van a marcar, en gran parte, el desarrollo emocional del niño.
Volviendo al dato del abandono escolar con el que hemos arrancado, resulta curioso como partiendo de la generación de nuestros padres o abuelos, que no pudieron estudiar, porque la educación era un privilegio exclusivo de colectivos sociales con un nivel adquisitivo medio o alto, y que tanto se empeñaron en que sus hijos estudiaran, resulta que ahora que tenemos todos los medios para estudiar, muchos niños se niegan a hacerlo.
En esa opinión subyace la opinión de algunos padres de que estudiar no sirve para nada. Han visto con sus propios ojos como chicos que han acabado la universidad, han terminado en paro, se han puesto a trabajar de camareros o han tenido que emigrar fuera de España para intentar labrarse un futuro.
En mi opinión hay un error con identificar exclusivamente la educación con las salidas laborales. La educación es mucho más. El conocimiento es libertad. A empresas como Globo les interesa que exista una juventud con poca formación. Son más maleables, conocen menos sus derechos y puede llegar a entender como algo natural que les exploten obligándoles a darse de alta como falsos autónomos.
Mi abuelo me decía que lo que más le molestaba a los empresarios es que los obreros supieran leer y escribir, porque entonces sabían casi tanto como ellos. Eran los años 80. El mundo parece haber cambiado, o quizás no tanto. Pero esa manera de pensar fue la que le hizo que se empeñara en que yo estudiara una carrera.
La escuela no puede suplir a la familia.
Una de las características que tienen los tiempos que vivimos es que para poder mantener a una familia, los dos progenitores tienen que trabajar. Esto hace que los niños pasen más tiempo en el colegio, entre la jornada lectiva y las actividades extraescolares, que en casa.
Los padres llegan agotados del trabajo y no pueden dedicarles a sus hijos el tiempo que requieren. Las cuestiones materiales, más o menos, están resueltas. Sus hijos tienen ropa, cenan todas las noches, tienen un techo bajo el que dormir e, incluso tienen un móvil a una temprana edad con la excusa de que puedan comunicarse con los padres. Pero no todo en el desarrollo de un niño es lo material.
Como resultado de todo lo que estamos viendo, muchos padres no conocen a sus hijos. No saben qué les preocupa, cómo piensan. Los niños han crecido solos. Sin un entorno que les dijera lo que está bien o está mal, o que les ayudara a discernirlo por su cuenta.
La miniserie británica “Adolescencia” pone sobre la mesa este problema de fondo. Un adolescente, hijo de una familia trabajadora, que sufre marginación en el colegio y termina asesinando a una compañera. El chico es educado, pero resulta que también es un asesino. Y sus padres no lo saben. Nunca podían haberse dado cuenta. No conocen a su hijo. Y probablemente, su hijo sea así, porque sus padres no le dedicaron el tiempo que debía.
Todos esos aspectos, en cuanto a imprimir una serie de valores, respecto a funcionar como soporte emocional del niño, no los puede realizar la escuela. Su papel es otro.
Cuando nuestros hijos hacen cosas reprochables, lo más fácil es echarle la culpa al colegio o tirar balones fuera. Sin embargo, como padres, tenemos que pararnos a pensar si lo que estamos haciendo es lo correcto y si estamos haciendo lo suficiente.
Los déficits del sistema educativo.
Vamos a entrar ahora a ver la responsabilidad de la escuela. La web sobre educación Ipsos recoge el dato de que solo el 28% de la población española opina que el sistema educativo es bueno. O sea, un 72% no le da el aprobado.
Los padres de hoy en día conformamos una generación, que a diferencia de nuestros padres y abuelos, sí hemos recibido una educación. La gran mayoría hemos estudiado primaria y hemos ido al instituto. Una buena parte accedimos a la universidad. Los años 80 y 90 fueron los años de la apertura de la universidad para el conjunto de la población. Tenemos criterios para valorar si la educación que están recibiendo nuestros hijos es de calidad o no. Lo podemos hacer comparándola con la que recibimos nosotros en su día. A pesar de todos los errores y carencias que tenía.
Un 34% de los padres opinan que los planes de estudios están anticuados. Un 31% denuncia la falta de medios en las escuelas, sobre todo en la educación pública, fruto de los sucesivos procesos de recortes de los que ha sido objeto. A un 28% les preocupa la saturación de las aulas. Y a un porcentaje similar les alarma los sesgos ideológicos y políticos que se dan en las escuelas.
Yo estudié letras, y hablando con amigos percibimos un nivel de cultura general más bajo en nuestros hijos del que teníamos nosotros a su edad. Apreciamos, por otro lado, un desprecio en cuanto a las humanidades: historia, literatura, historia del arte, geografía, historia de la filosofía. Asignaturas que contribuyen a que la persona pueda desarrollar un pensamiento crítico.
Por otro lado, percibimos que nuestros hijos tienen un nivel de conocimiento de idiomas que no teníamos nosotros. Eso es bueno. Pero parece sospechoso. Está alineado con el tipo de economía que les estamos dejando. Un país para el turismo.
La cooperación entre el colegio y la familia.
Ahora que hemos detectado algunos problemas en cuanto a la educación de nuestros hijos, sería adecuado que entre padres y colegios nos pusiéramos a solucionarlos. Remando ambos en la misma dirección. La página web Educrea propone algunos consejos para mejorar la colaboración entre la familia y la escuela.
Uno de los más interesantes es lo que ellos llaman comunicación abierta. Consiste en establecer un sistema de reuniones periódicas, individuales y colectivas, entre los padres y los maestros tutores de los niños para evaluar individualmente la progresión de cada alumno. Estas reuniones deben permitir una comunicación bidireccional. Donde los maestros planteen las cosas a mejorar del niño y donde los padres pudieran expresar sus preocupaciones y sus objeciones.
La participación de los padres en la educación de los niños es un aspecto importante. Esta se puede ejercer en diferentes ámbitos. Desde la participación activa en asociaciones de padres, las AMPA y en los órganos representativos de la escuela, el Consejo Escolar, hasta en un nivel más doméstico. Es bueno coger el hábito de que los padres acompañen a sus hijos en la realización de los deberes que tiene que hacer en casa. No en que se los hagan, sino para ayudar al niño a que los comprenda.
Los colegios deberían tener reuniones con los padres para explicarles los objetivos de los planes de estudio. De esta manera, los padres podrían intervenir de una forma más activa en alcanzarlos.
Muchas veces, los padres necesitamos herramientas para acompañar a los niños en su proceso educativo. Hace tiempo que dejamos de estudiar y la docencia no es nuestra actividad profesional. Estas herramientas las debería facilitar el colegio mediante la programación de talleres y charlas con los padres.